¿Cómo puede ayudarte la terapia? Una mirada desde la TCC y ACT
- Daiana Agostina Sanchez
- 29 may
- 4 min de lectura
Actualizado: 9 jun
La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es un enfoque ampliamente investigado y respaldado por la evidencia científica ya que numerosos estudios demostraron la eficacia de sus intervenciones para mejorar significativamente la calidad de vida de las personas que atraviesan diferentes problemáticas de salud mental.
Este enfoque parte de la comprensión de que pensamientos, emociones y conductas se encuentran estrechamente relacionados e influyen mutuamente. En muchas ocasiones, ciertas formas de pensar o actuar pueden contribuir al mantenimiento del malestar psicológico, incluso cuando inicialmente parecen ofrecer alivio. Por ejemplo: una persona que experimenta ansiedad en situaciones sociales puede comenzar a evitar reuniones o encuentros para reducir su malestar. Aunque esta estrategia suele generar tranquilidad en el corto plazo, a largo plazo tiende a reforzar el problema. Al evitar estas experiencias, la persona pierde oportunidades importantes en distintos ámbitos de su vida y, al mismo tiempo, fortalece la creencia de que no es capaz de afrontar esas situaciones.
Frecuentemente, este tipo de dificultades también se acompaña de pensamientos repetitivos y preocupaciones constantes. La mente puede quedar atrapada en anticipaciones sobre el futuro ("¿Qué pensarán si no voy?") o en interpretaciones acerca del pasado ("Seguro creyeron que no fui porque soy aburrido"). Como consecuencia, gran parte de la energía mental se dirige hacia situaciones que ya ocurrieron o que aún no han sucedido, alejando a la persona del momento presente. Paradójicamente, los esfuerzos constantes por controlar, eliminar o combatir estos pensamientos suelen intensificar el malestar y perpetuar el ciclo de ansiedad.
¿Y qué aportan las terapias contextuales como ACT?
A partir de estas dificultades, las terapias contextuales, entre ellas la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), desarrolló una perspectiva complementaria dentro del campo cognitivo-conductual. En lugar de centrarse exclusivamente en modificar el contenido de los pensamientos, ponen especial atención en la forma en que nos relacionamos con ellos y con nuestras emociones.
Desde esta perspectiva, el objetivo no consiste en eliminar la ansiedad, la tristeza o el miedo, sino en desarrollar una mayor flexibilidad psicológica que permita actuar de manera coherente con aquello que es importante, aun cuando aparezcan experiencias internas difíciles. Esto implica aprender a relacionarse de una manera diferente con pensamientos, emociones y sensaciones, haciendo espacio para aquello que resulta incómodo cuando surge, sin que ello determine nuestras decisiones o limite nuestras posibilidades de acción.
Asimismo, supone reconocer que existen aspectos de la vida que escapan a nuestro control y aprender a dirigir nuestra energía hacia aquello sobre lo que sí podemos influir. En otras palabras, no siempre podemos elegir lo que pensamos o sentimos, pero sí podemos aprender a elegir cómo responder a esas experiencias y qué acciones realizar en función de la vida que deseamos construir.
Por este motivo, durante el proceso terapéutico exploramos cuáles son los valores más importantes para cada persona: qué tipo de vínculos desea construir, qué áreas de su vida quiere desarrollar, qué clase de profesional aspira a ser o qué dirección le gustaría darle a su vida. Los valores funcionan como una brújula que orienta nuestras decisiones y acciones. A partir de ellos, trabajamos para que la persona pueda acercarse gradualmente a aquello que considera significativo mediante acciones concretas, sostenibles y consistentes con sus propósitos.
Este enfoque no implica dejar de lado la historia personal ni las experiencias que han contribuido al desarrollo del malestar. Comprender esos aspectos suele ser una parte importante del proceso terapéutico. Sin embargo, el foco no se encuentra únicamente en descubrir el "por qué" de lo que sucede, sino también en comprender el "cómo": cómo ese sufrimiento se mantiene en el presente, cómo la persona se relaciona con sus experiencias internas y qué cambios concretos pueden favorecer una vida más plena y coherente con sus valores.
En este sentido, la terapia es un proceso activo de trabajo conjunto entre terapeuta y paciente, orientado a comprender qué mantiene el malestar, identificar los obstáculos que aparecen en el camino y desarrollar recursos que permitan avanzar hacia objetivos significativos. Dado que no existen dos personas iguales y que una misma situación puede ser vivida de maneras muy diferentes, las herramientas y estrategias terapéuticas se construyen de forma personalizada y colaborativa, teniendo en cuenta los recursos, fortalezas, desafíos y circunstancias de cada persona.
Esta forma de comprender el proceso terapéutico también orienta mi manera de trabajar y de acompañar a las personas en consulta. Mi objetivo es ofrecer un espacio seguro donde cada persona pueda abordar aquello que hoy le genera malestar o preocupación, pero también explorar qué es importante para su vida y avanzar, a su propio ritmo, hacia aquello que desea construir.
Vivimos en una época que suele promover la inmediatez, los resultados rápidos y las soluciones mágicas. Sin embargo, los cambios profundos y duraderos suelen requerir algo diferente: tiempo, compromiso, práctica y paciencia. Por eso, aunque la evidencia científica orienta y fundamenta mi trabajo clínico, hay un aspecto esencial que nunca debe perderse de vista: trabajamos con personas, no con diagnósticos ni con síntomas aislados.
Cada persona posee una historia única, recursos propios y circunstancias particulares. Desde esta perspectiva, entiendo la terapia no solo como la aplicación de herramientas respaldadas por la ciencia, sino también como un espacio de encuentro donde el conocimiento científico y la singularidad de cada individuo se integran para favorecer cambios auténticos, significativos y sostenibles en el tiempo.



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